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Asma o Alergia - Nutrientes y Alimentos

Biología de las alergias

La alergia de reacción inmediata de tipo 1, que es la más frecuente, comienza con una fase de sensibilización.
Un tipo de glóbulos blancos, los macrófagos, identifican primero el alérgeno y advierten a otros glóbulos blancos, los linfocitos (B y T), a través de sus proteínas de membrana y de una serie de mediadores como las interleucinas. Entre dichas células, los linfocitos T colaboradores ordenan la síntesis de anticuerpos (IgE) específicos del alérgeno y los ponen a circular por el organismo. Éstos se fijan en los receptores de las células granulosas (en particular, de los mastocitos), presentes en gran número en la piel y las mucosas.

Dichos mastocitos, ya alertados, podrán reconocer el alérgeno en cuestión la próxima vez que pase por su lado y lo capturarán. Los demás linfocitos conservan durante mucho tiempo el alérgeno en la memoria para eliminarlo en próximos contactos.
En nuevos contactos posteriores, los IgE de los mastocitos sensibilizados reconocen y capturan el alérgeno, lo que implica la liberación de varios mediadores celulares como la histamina, las prostaglandinas o los leucotrienos.

Estos mediadores proinflamatorios son el origen de los síntomas clínicos de la alergia. La histamina dilata los vasos sanguíneos y aumenta su permeabilidad, lo que provoca un edema, que produce inflamación y enrojecimiento y ello a su vez deriva en urticaria. En los pulmones, la histamina provoca la contracción de unos pequeños músculos que rodean los bronquios, que se cierran, mientras que la mucosa que los cubre se inflama, lo que provoca sibilancias (ruidos espiratorios agudos provocados por la salida del aire a través de unos bronquiolos estrechados por el efecto de la reacción alérgica), dificultades respiratorias y sensación de bloqueo, todos ellos síntomas característicos del asma. A nivel ocular, los mediadores provocan conjuntivitis
recurrentes.

Existe un mecanismo protector contra la alergia. Lo normal es que el cuerpo fabrique un tipo de glóbulos blancos llamados linfocitos T-reguladores (T reg), que frenan la actividad de los otros linfocitos y evitan así que el sistema inmunitario actúe ante las moléculas inofensivas que encontramos. El problema es que, en las personas con alergia, este mecanismo de protección no se activa.

Nutrientes y alimentos cuanto tienes asma o alergia

Vitamina D

Mi consejo (aun a riesgo de repetirme): que nunca falte la vitamina D en ninguna etapa de la vida (incluido el embarazo), aunque sin tomarla en exceso. En los días soleados tome el sol en la cara, protegida con una crema cuyo factor de protección sea inferior a 30, con lo que no bloqueará la síntesis de vitamina D. Evite tomar el sol entre las 11 y las 15 horas. Usar las cremas solares (sobre todo de alta protección) sólo de manera excepcional (esquí, paseos en barco…). Mejor protegerse debajo de una sombrilla y utilizar gorras para evitar el sol y ropa que tape bien.

En otoño, cuando las horas de insolación descienden, hay que ajustar la cantidad de vitamina D circulante en sangre (25 (OH)D) y, si fuese necesario, tomar suplementos de vitamina D con dosis que pueden variar entre 30 y 40 ng/mL. por día.

Antioxidantes

Hay una relación clara entre el consumo de antioxidantes y la gravedad de las crisis de asma. Los antioxidantes son esas sustancias que ayudan a neutralizar los radicales libres y partículas tóxicas procedentes del oxígeno: vitaminas C, E, carotenoides, flavonoides y polifenoles, que encontramos, entre otros, en la fruta, la verdura, el vino tinto, el té y el café, pero también el zinc (carnes, pescado, crustáceos) y el selenio (nueces, setas, carnes…). 

Parece que un régimen alimentario que no aporta suficientes antioxidantes (en particular, vitamina C) es el punto de partida de un círculo vicioso que conduce a crisis graves. En efecto, la vitamina C se consume en exceso en el asma, ya que los pulmones tienen una mayor necesidad de contener la inflamación. Si se ingiere poco y se es asmático, se es particularmente sensible a la contaminación atmosférica por ozono, los óxidos de nitrógeno y las partículas sólidas de los vapores diésel.

El equipo del profesor Frank Kelly (St Thomas Hospital, Londres) ha demostrado que, en las personas con buena salud, el fluido acuoso que recubre la superficie de los pulmones es rico en vitamina C, lo que constituye una protección contra el desgaste de la polución. Pero los pulmones de los asmáticos tienen muy poca vitamina C, y esto les vuelve más vulnerables a los episodios de fuerte contaminación.

El estudio estadounidense NHANES ha revelado que el diagnóstico de asma es más frecuente entre los niños a los que les falta vitamina C, pero también entre aquellos que carecen de un carotenoide llamado alfa-caroteno. Los alimentos más ricos en alfa-caroteno son la calabaza, el perejil, el plátano, el diente de león, la col caballar, el kumquat (o naranja enana) y la mandarina.

Los niveles bajos de selenio y de zinc también se asocian a un incremento del riesgo de asma.

Quercetina y canferol

La quercetina es un flavonoide que aportan sobre todo las cebollas, las manzanas, los cítricos, el té negro…

En los estudios experimentales, la quercetina combate la inflamación y actúa como antihistamínico natural. Por ejemplo, en un estudio se puso de manifiesto que los ratones que consumieron una alimentación rica en quercetina produjeron menos sustancias antiinflamatorias ligadas a las alergias.

En el mercado existen complementos alimentarios de quercetina pero, por falta de estudios en el ser humano, se desconoce si, tomada en esta forma, aliviaría los síntomas de la alergia.

El canferol, otro flavonoide presente sobre todo en las alcaparras, las bayas (moras, fresas…), la cebolleta, el brócoli o las espinacas, posee propiedades antiinflamatorias y antihistamínicas aunque, al igual que en el caso de las quercetinas, aún no se ha demostrado su eficacia para la alergia si se toma como complemento.

Bromelina

La bromelina es una mezcla de enzimas de la piña. Se encuentra en forma de complemento alimenticio y medicamento. La bromelina parece eficaz para reducir la mucosidad y la inflamación en las afecciones respiratorias como la sinusitis. Y otro factor interesante es que la bromelina aumenta la eficacia de la quercetina.

Sin embargo, hay que ser prudente con ella si se es alérgico a la piña; asimismo pueden aparecer reacciones alérgicas a la bromelina en las personas alérgicas al apio, el hinojo, las zanahorias y al polen de ciprés.

Espirulina

La espirulina es una cianobacteria (alga azul) muy rica en micronutrientes, en especial carotenoides. Se ha testadocon resultados positivos en pacientes que sufren de rinitis alérgica, gracias a un estudio controlado frente a placebo y que cumplía los requisitos de buena calidad.

Petasita
La petasita es una planta herbácea. En forma de extracto (en general dosificado a 16 mg al día), ha sido objeto de al menos seis estudios en el tratamiento de la rinitis alérgica, con resultados alentadores, ya que es más eficaz que un placebo e igual de eficaz que los medicamentos anithistamínicos.
 
Ortiga

Aunque parezca una paradoja, la hoja de ortiga posee propiedades antiinflamatorias y antithistamínicas. Un estudio sobre 69 pacientes que sufrían rinitis alérgica sugiere que el extracto de hoja de ortiga (600 mg) puede mejorar los síntomas de esta forma de alergia. El 58% de los pacientes indicó que mejoraba, mientras que el 48% afirmó que la planta era más eficaz que los antihistamínicos corrientes. En todo caso, se aconseja precaución, ya que no se trata de un estudio controlado (no había grupo placebo), por lo que habrá que ser prudentes a la hora de interpretar estos resultados.

Magnesio

Si hay un mineral que deben vigilar los alérgicos y asmáticos, sin duda es éste. El magnesio es un antiinflamatorio natural; un relajante que disminuye la reactividad de las células. El magnesio tiene también efectos contra el estrés (y es que el estrés puede desencadenar o agravar los fenómenos alérgicos). Un estudio francés sobre niños asmáticos estableció un vínculo entre el asma del niño y la depresión en la madre antes del nacimiento, una depresión ligada a un entorno estresante. Un estudio sobre más de 10.000 estudiantes finlandeses concluyó en 2002 que el estrés podía favorecer las manifestaciones de asma y rinoconjuntivitis alérgica.

Por todas estas razones, el papel del magnesio en la epidemia de alergias y asma se puede haber subestimado.

Un estudio realizado en más de 2.500 niños y jóvenes con edades comprendidas entre los 11 y los 19 años constató que aquellos que consumían menos magnesio tenían un riesgo más elevado de asma. La misma asociación se encontró en un grupo de más de 2.600 adultos con edades comprendidas entre los 18 y los 70 años.

Además, el sulfato de magnesio por vía intravenosa es útil para tratar los ataques agudos de asma en los niños, pero también en los adultos. Si nos fijamos en la evolución del consumo alimentario en los países desarrollados, vemos que casi la mitad de la
población no cubre sus necesidades de magnesio.

Y otro fenómeno salta a la vista: bajo la presión de la industria láctea, la relación entre calcio y magnesio alimenticios no ha dejado de aumentar en los últimos 30 años: antes era inferior a 3, cuando ahora es superior a dicha cifra. Ahora bien, una mala relación calcio/magnesio en detrimento del segundo conduce a un déficit celular de magnesio que deja el campo libre a las reacciones proinflamatorias iniciadas por el calcio.

Así es como se puede llegar a un estado crónico inflamatorio que alarga los síntomas de alergia y asma. El magnesio se encuentra en las verduras, las oleaginosas y los frutos secos, los cereales completos y el pescado. Se encuentra en determinadas aguas minerales (Solares, Insalus, Alzota…) pero a menudo acompañado de grandes cantidades de calcio. Así pues, se deben tomar con prudencia si ya se consume mucho calcio. 

El magnesio se encuentra también en forma de complementos. Se aconseja, en términos generales, las dosis de 300 a 600 mg/día para los adultos. Se aconseja tomarlo en forma de carbonato de magnesio y no en sulfato, cuyo uso se reserva para la administración intravenosa.

Omega-6 y omega-3

Estas dos familias de ácidos grasos poliinsaturados esenciales tienen básicamente efectos antagónicos.

Necesitamos los dos, pero la mayor parte de los omega-6 favorece la inflamación, mientras que los omega-3 la atemperan. En el asma, hay signos de inflamación de las vías respiratorias. Los mediadores de la inflamación en cuestión son muy sensibles a la relación entre omega-6 y omega-3 en la alimentación, tal como muestran numerosos estudios. Por lo tanto, un régimen rico en omega-6 y pobre en omega-3 conduce a un desequilibrio que favorece la inflamación.

Los omega-6 se encuentran sobre todo en los aceites y las margarinas de girasol, de maíz, en los alimentos a base de cereales y en numerosos platos preparados.
Los omega-3, en los aceites de colza (extraído de la semilla de la planta de la colza, y muy usado como condimento sobre todo en países del norte de Europa) y camelina, las semillas de lino, las nueces (ácido alfa-linoleico).

Bajo la forma de ácidos grasos de cadena larga (EPA y DHA) se encuentran en los pescados grasos (salmón, trucha, lija, anguila, arenque, caballa, sardina, salmonete…) y en los alimentos procedentes de animales alimentados con semillas de lino (como los huevos).

El consumo habitual de pescado graso reduciría el riesgo de asma. Estudios llevados a cabo entre esquimales, grandes consumidores de pescado graso, demuestran que la incidencia del asma en ellos es entre 20 y 40 veces inferior a la de las poblaciones occidentales.

En un estudio dirigido en la Universidad de Cambridge (Reino Unido), los investigadores preguntaron a 750 voluntarios (de los que 333 padecían asma), sobre sus hábitos alimentarios. Más del 12% de las personas con buena salud consumía pescado graso al menos dos veces a la semana, frente al 7,5% de las personas asmáticas.

Tras haber tenido en cuenta otros factores de riesgo, los investigadores concluyeron que el consumo habitual de pescado graso reducía a la mitad los riesgos de crisis y molestias respiratorias en los asmáticos.


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